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La historia está llena de tales casos. Cada hombre nace con un puñado de virtudes, pero no son las virtudes las que garantizan el triunfo en la vida, sino lo que se hace con ellas.
Dios es justo, y a todos ofrece el potencial de crecer, desarrollarse y llevar una vida abundante y feliz. Pero los talentos personales y las oportunidades de la vida tienen que ser aprovechados y usados en una forma moral, ética y espiritual. No basta ser un genio. También hay que ser honesto.
Dios ha trazado para todo ser humano normas y caminos de honradez, decencia, bondad y espiritualidad, y ya sea uno un genio o un ser desconocido sin renombre, la responsabilidad es la misma. Si se violan las normas de Dios, con todo y talentos y renombre se morirá derrotado en espíritu.
Hagamos de Cristo Jesús el Señor de nuestra vida. Sólo así podremos llevar una vida, si no genial, sí fructífera, abundante y feliz. Con nuestra conciencia limpia tendremos paz, libertad, gozo y satisfacción. Eso vale mil veces más que talentos sin estructura espiritual. Rindámosle al Señor nuestra vida. Él la hará victoriosa y feliz.
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